La cadena de los sabios

por Paul Arnold en Los grandes inspirados

PÁGINAS PRELIMINARES
Hacia finales del cuarto milenio a. de J. C, cuando nacía en Mesopo-tamia la civilización de los sumerios —de habla sin relación alguna con la indoeuropea y la semítica (ramas de un solo y mismo tronco lingüístico antiquísimo, según está hoy día demostrado)—, antes del florecimiento de la civilización semítica alimentada y moldeada por la sume-ria, en el momento en que Egipto se libraba de las luchas fratricidas entre nomos y reyezuelos y adquiría conciencia de su unidad cultural, nacía un imperio absolutamente original en la isla de Creta: el imperio minoico, del nombre de su epónimo mítico, Minos, más tarde relegado a los infiernos griegos. Floración brillante, que casi inmediatamente dotó al mundo del palacio más colosal de todos los tiempos, el palacio de Cnosos, la cultura del pequeño Estado marítimo fluyó rápidamente sobre el cercano continente, fecundando todo lo que había de ser un día la Grecia de los helenos indoeuropeos, poblada a la sazón por los misteriosos pelasgos. Hogar de civilización prácticamente perfecta, Creta permanecía al abrigo de la influencia profunda de Egipto y del Próximo Oriente, con los que sostenía un activo comercio; al amparo del mundo mesopotámico, demasiado absorto aún en sus luchas asiáticas para disputarle el imperio de los mares.
Dos mil años después, los primeros contingentes griegos, los aqueos, abandonando la antigua cuna de los indoeuropeos, entre Besarabia y el mar Caspio, invadieron y colonizaron la «Pelasgia» y los grandes centros urbanos del Peloponeso —Argos, Micenas, Tebas—, ocuparon las islas del Egeo y, por fin, pusieron pie en Creta, alrededor del año 1600 a. de J- C Otras tribus griegas les siguieron o sucedieron. Allá por el 1450 antes de J. C.,1 los dorios entraron a sangre y fuego en Creta.
Pero no escaparon por ello a la ley de la Historia. Sin olvidar en absoluto sus propias tradiciones, se asimilaron a los vencidos, mucho más cultos, y dieron todo su esplendor a la civilización micénica, la cual, al florecer, daría origen al «milagro griego».
Pero, ¿quiénes eran exactamente aquellos minoicos, aquellos cretenses? Uno se pierde en conjeturas, al no haberse podido descifrar sus escrituras y su lengua; una escritura pictográfica y dos escrituras lineales. Desde hace poco sabemos que la última, contemporánea de la invasión, procedía del griego arcaico.3 Los otros sistemas gráficos se resisten a todas las tentativas de interpretación por el indoeuropeo y por el semítico. Sin embargo, hace ya bastante tiempo que el gran lingüista y mitólogo francés Georges Dumézil observó algunas extrañas analogías con las lenguas caucasianas de estructura semejante al sume-río y con las que guarda cierta relación el vasco de nuestros Pirineos.3 Titios o Titio, divinidad lunar de los griegos —y sin duda de los pelas-gos—, llevaba el nombre de la Luna en caucasiano antiguo (tetne); Kad-mos y Kadmílos, antiguos dioses guerreros, que representaban un papel eminente en los «misterios» celebrados en Samotracia desde los pelas-gos,

Visión básica, doctrinal e histórica de las grandes directrices religiosas de la humanidad.

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