la cadena de los profetas

por Paul Arnold en Los grandes inspirados

PAGINAS PRELIMINARES
Hasta ahora, nos hemos referido a un mundo que, geográficamente, se extendía primero al conjunto del continente eurasiático civilizado, excluido el Próximo Oriente, y que abarca en la actualidad la mayor parte de Asia, o sea, numéricamente, casi la mitad de la Humanidad. Metafísicamente, en su expresión más completa, este mundo es monista, rechaza la idea de una divinidad personal y readora, explica el universo manifiesto por la puesta en movimiento del deseo, niega la noción de alma individual e inmortal, y, en su conjunto, plantea como fin último el retorno, después de sucesivas reencarnaciones, de todas las formaciones en un reposo eterno, del que participan por su esencia. Lo ideal es aquí la igualdad de alma, la impasibilidad frente a la existencia y al más allá.
Ahora vamos a examinar una mentalidad casi diametralmente opuesta. Egipto, Asia Menor, Mesopotamia y Palestina, formaban, en la antigüedad clásica, un conjunto geográfico que, aparte de profundas diferenciaciones y esquematizando a grandes rasgos, compartía las nociones de divinidad personal, eterna y creadora, de alma individual, creada e inmortal, de Cielo y de infierno distintos de Dios y donde se perpetúan los destinos individuales, sin reencarnaciones sucesivas. De este conjunto nacieron las tres grandes religiones «occidentales», llamadas abrahámicas, porque las tres reconocen a Abraham como antepasado directo: el judaismo, el cristianismo y el islamismo, las tres monoteístas y más o menos dualistas. En ellas aparece un elemento nuevo y capital, una actitud afectiva con respecto a Dios, que puede amar y condenar, y a quien se debe amar y se puede ofender. Como única excepción parcial, Ia Cabala judaica, donde se pueden percibir interferencias con el otro grupo e incluso aspectos tomados de sus doctrinas. Situado entre ambas zonas, el Irán injertó en el viejo tronco indoeuropeo una religión de adoración, también monoteísta y clara y esencialmente dualista, que enfrentaba en lucha incesante a Ahura Mazda, el Espíritu Bueno, contra Ahura Mainyu, el Espíritu Malo. Colocado en medio de este combate, el hombre puede elegir entre cooperar con el bien o con el mal, buscar el «conocimiento» en el éxtasis o endurecerse en el vicio, preparando de este modo su exaltación o su condenación. Conservando el antiguo simbolismo iraniano del Fuego purificador, imagen de Dios, Zaratustra impuso esta doctrina en una época bastante indefinida, entre el año 1000 a. de J. C., lo más pronto, y el 600 a. de J. C, lo más tarde. ¿Adoptó de los hebreos el monoteísmo? ¿Tomaron éstos de él el dualismo de Dios y Satán? ¿O hubo un desarrollo espontáneo en uno y otro grupo? Ambas hipótesis son defendidas con igual tesón, y es difícil juzgar con imparcialidad. Si no me faltase espacio, evocaría la bella figura de Zaratustra y las sectas que nacieron de él, y que van desde el mazdeísmo hasta el zervanismo y el parsismo, todavía vivo en el Irán y en la India, y desde el mitraísmo y sus «misterios» hasta el maniqueísmo de los catar

Visión básica, doctrinal e histórica de las grandes directrices religiosas de la humanidad.

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